viernes, 21 de marzo de 2014

"La nuclearización del mundo" (Jaime Semprun, 1980)

Publicado originalmente el 17 de octubre de 2011 en el blog Horitzons inesperats.


Prueba nuclear francesa en el Océano Pacífico. Publicada por James Vaughan en Flickr.

La nuclearización del mundo. Jaime Semprun. Ed. Pepitas de Calabaza, Logroño, 2007. Edición original: La nuclearisation du monde (Éditions de l'Assommoir, 1980).

"Como las dos o tres catástrofes que todavía faltan al texto para cobrar pleno sentido son evidentemente tan "imposibles" como las precedentes, es de temer que sus méritos sean demostrados de una forma tan aplastante que después de la demostración no quede nadie para reconocerlos."

Jaime Semprun, prólogo a la reedición de 1986 para Ediciones Gérard Lebovici de La nucléarisation du monde.

El 3 de agosto de 2010 murió Jaime Semprun, escritor, ensayista, traductor y editor francés (nacido en París en 1947). Con él se perdía una de las voces más inquietas e inconformistas de las últimas décadas.

El libro que aquí comento, y que llega a nuestras librerías gracias a la Editorial Pepitas de Calabaza, es una crítica demoledora a la energía nuclear y al totalitarismo democrático.

Sin duda su rasgo más característico es el uso de la sátira disfrazada de apología. Todo el libro entero es un falso alegato a favor de la energía nuclear escrito desde el supuesto punto de vista de un periodista, no experto en la materia, que después de documentarse sobre las ventajas de esta tecnología se dedica a predicar la "buena nueva " de la nuclearización del mundo. Así, Semprun dedica la mitad del libro a desacreditar los detractores de la nuclearización, y la otra mitad a elogiarla a dicha tecnología y sobre todo a las élites del gobierno tecnológico de la sociedad, que son capaces de determinar lo que es lo mejor para ella sin que a ésta le quede otra opción "racional" que asentir ciegamente .

Como muestra de la fina línea que separa el sarcasmo de Semprun del discurso oficial basta con la primera frase del texto:

"El debate democrático que hoy por hoy se pretende suscitar desde las más altas esferas del Estado entre una opinión reticente tiende a recoger fielmente la aquiescencia de la población, a través de sus calificados representantes, a las decisiones tomadas en materia de energía nuclear."

Empezar un libro afirmando que las "más altas esferas del Estado" pretenden "suscitar" un "debate democrático" sobre la energía nuclear es toda una declaración de intenciones.

Este tono sarcástico puede llegar a resultar pesado e incluso irritante en algunos momentos, pero en otros da lugar a grandes muestras de humor negro, como la de la cita del prólogo que he reproducido arriba. Esto ayuda a poner el énfasis en la dominación tecnocrática de las masas ignorantes y pasivas (que es el tema real del libro) por encima de los detalles técnicos por los cuales el uso de la energía nuclear es rechazable.

La naturaleza de los riesgos de esta tecnología, que afectan al planeta entero y a una escala de tiempo de miles de años, la hace un caso único y un ejemplo paradigmático de la locura en la que la humanidad está metida. Dichos riesgos se imponen como hechos consumados a una sociedad cuyos esquemas mentales están dominados por el individualismo, la incertidumbre, la utilización inflamatoria del odio y el recelo hacia la otro, y el concepto de "seguridad en el poder" que es el corolario de todo lo anterior.

Podemos preguntarnos qué sucedería si se diera la combinación entre un accidente nuclear y una catástrofe natural que impidiera materialmente o dificultara en gran medida la lucha continua que se libra contra los reactores accidentados. ¿Qué hubiese sucedido si el terremoto de Fukushima hubiese abierto una gran grieta alrededor de la central impidiendo el acceso de los equipos de emergencia? ¿Y si un accidente coincidiese con una grave epidemia? ¿O un conflicto militar? ¿O un ataque terrorista?

La traducción española a cargo de Miguel Amorós incluye algunas notas a pie de página que dejan en evidencia algunos de los responsables de la nuclearización en España, citando algunas declaraciones entre chulescas y prepotentes. Hubiera añadido interés a estas notas alguna referencia a la flagrante ocultación de datos y engaño a la población que se produjeron después del Accidente nuclear de Madrid de 1970 [1], y que nunca ha sido oficialmente corregido; ni siquiera después de la "lección" añadida que debería haber supuesto Vandellós I.

La lectura de La nuclearización del mundo es especialmente recomendable a quienes sostienen todavía los planteamientos ecologistas ingenuos y bienintencionados, según los cuales simplemente "debemos poner" (¿nosotros? ¿quién?) en una balanza las ventajas y los inconvenientes de diferentes alternativas tecnológicas, para que así "la sociedad" se decante a favor de las menos malas. A este discurso siempre le ha faltado la constatación de que mientras unos elaboran power points para "enriquecer el debate", otros toman las decisiones, simplemente porque pueden. Y no sirve de nada convencer a la mayoría de la gente de algo sin incidir en los mecanismos del poder y la toma real de decisiones. Una tarea difícil, pero necesaria.

[1] Ver mi artículo sobre este accidente en el blog Horitzons inesperats: L'accident nuclear de Madrid (Espanya, 7 de novembre del 1970).

domingo, 2 de febrero de 2014

El Mundo de Pedro J. Ramírez

Tengo a mi lado mientras escribo estas líneas dos ejemplares en papel del periódico EL MUNDO que pienso conservar durante mucho tiempo. Uno es el del 26 de enero de 2013, y el otro es el de hoy.

Soy un gran amante de la lectura de la prensa, pero la calidad de la mayoría que se publica en Cataluña es lamentable. Había tenido épocas bastante largas en que leía El País, el Avui (antes de que fuese El Punt-Avui) o El Periódico de Catalunya, y algunas más cortas en que probé con La Vanguardia o el de más reciente creación Ara. Mi alejamiento definitivo del nacionalismo me hace descartar hoy El Punt-Avui y el Ara; no puedo con el sensacionalismo de El Periódico; y La Vanguardia, aun siendo más digno y serio de lo que algunos dicen, siempre me ha sabido a caldo de patata (además, en ella escribe regularmente Pilar Rahola, que me produce un inmenso rechazo; y de vez en cuando Xavier Sala-i-Martin, con quien soy incompatible). El País no me disgustaba del todo, pero le encontraba al menos tres inconvenientes: era demasiado extenso; publicaba las noticias de Cataluña en un suplemento y no integradas en el propio cuerpo del periódico, lo que restaba mucha agilidad a la lectura; y sus artículos de opinión económicos iban muy mayoritariamente en una misma dirección, la del aumento del gasto público y por consiguiente el déficit y la deuda para así "estimular la economía", que siempre me ha parecido suicida.

Corría el mes de diciembre de 2012 cuando decicí darle una oportunidad a EL MUNDO. Desde el primer día me encantó. La línea editorial coincide prácticamente en todo con mi visión de las cosas, y su tratamiento del tan de moda "reto independentista" me parece riguroso e inteligente.

Varias firmas de colaboradores llamaron mi atención, pero a riesgo de ser injusto mencionaré a tres. Salvador Sostres, curiosamente reencontrado desde mis tiempos de lector del Avui, es ahora más maduro y serio, sin haber dejado de ser audaz. Manuel Jabois es un descubrimiento total, llena de sentido todas las líneas que escribe y hace interesante cualquier tema. Y Raúl Rivero glosa en las páginas de cultura de cada martes, la vida y obra de escritores y artistas latinoamericanos en su Diario Libre, del que sería suscriptor de por vida si se pudiera contratar ese servicio por separado.

Dirigiendo este proyecto con la independencia por bandera, con la verdad y el servicio al público como objetivo primordial, ha estado hasta hoy mismo Pedro J. Ramírez. Sus cartas dominicales son la cuarta firma que quisiera destacar. De su trabajo como director dan fe todas las páginas publicadas en su periódico. Aun con algún error fruto de un excesivo atrevimiento (me viene a la cabeza el "borrador policial" sobre Artur Mas), estos han sido la excepción, y la calidad la regla. Algo más de un año como lector me permiten afirmarlo con rotundidad.

Esta semana se ha conocido su cese como director de EL MUNDO. Hoy es el último día en que ejerce como tal. Nadie es imprescindible, claro; se puede cesar a Pedro J. Ramírez, como se puede cesar a Vicente del Bosque como seleccionador o a Paco García Caridad como director de Radio Marca. Otra cosa es que sea un acierto hacerlo, el momento en que se hace y la motivación que pueda haber detrás. Es cuando menos curioso que el cese coincida con un giro crítico hacia las políticas del gobierno de Rajoy (en especial respecto a la política impositiva) y con la publicación de evidencias sobre el pago de sobresueldos en negro en el PP. Después de 25 años y cuando le quedaban tres de contrato, el momento elegido para el relevo y la motivación que se adivina detrás no están a la altura de la relevancia y del papel histórico que ha desempeñado Pedro J. Ramírez en la prensa española. Es para mí una gran decepción. No cuestiono las cualidades del nuevo director, pero no era el momento ni la manera. Me parece un grave error, sin paliativos de ningún tipo.

La plataforma Orbyt me permitió leer el periódico diariamente en mi tablet, por el precio primero de 9,99 € y a partir de agosto pasado de 5,02 € por ser cliente de Movistar. Un precio ciertamente atractivo. Me resulta completamente imposible pagar cada día un ejemplar del periódico en papel, y sin embargo me gusta leer la prensa diariamente, aunque en algunos días sólo sea durante diez o veinte minutos. Con Orbyt pude hacer eso a través de mi tablet, nada más levantarme, aunque los quioscos estuvieran cerrados, y por el precio asequible que he indicado. Sigo prefiriendo tres millones de veces la lectura en papel, pero por razones económicas elegí este otro canal y la experiencia fue muy positiva.

El miércoles de esta misma semana estuve reflexionando sobre la posibilidad de darme de baja de EL MUNDO en Orbyt, para ahorrar todavía un poco más. El ahorro no conviene a la economía, pero sí a las familias, y por eso la publicidad intenta engañarlas para que consuman. Bien, mi reflexión terminó en un no, es decir, en continuar siendo abonado a Orbyt, dada la apuesta por la calidad de EL MUNDO de Pedro J. Ramírez y su coste relativamente reducido. No, aunque con dudas. Esa misma noche saltó la noticia del cese, que se hizo oficial al día siguiente, de Pedro J. Ramírez como director. Dicen que este movimiento permitirá recuperar a anunciantes, que se habían retirado de EL MUNDO temerosos de su evolución hacia una crítica, totalmente justificada por cierto, de las políticas del gobierno, así como a la denuncia de las prácticas financieras ilegales que se habían llevado a cabo dentro del PP. No lo sé. Lo que yo veo como lector es que el premio a ser más crítico y a no casarse con nadie es el cese. Dicen que el nuevo director mantendrá la línea de rigor, pero si esto es verdad ¿cómo van a volver los anunciantes? En fin, este no es ya mi problema. Revisé la decisión tomada por los pelos el día antes y, ya sin dudarlo más, me di de baja como suscriptor de EL MUNDO en Orbyt.

Es el momento de tomarse un tiempo, reflexionar y quedarse huérfano de periódico, porque cualquier otra cosa me parecería indigna e ingrata. Puede (es bastante probable, incluso) que el periódico siga siendo bueno. Puede que algún día vuelva para comprobarlo. Pero ahora no me quedaré pagando cada mes por algo que me ha disgustado tan profundamente. Y por unos céntimos más de lo que ahorraré te dan una hamburguesa clásica en el Bacoa Universitat, que no ha cambiado. Las cosas buenas no tienen por qué cambiarse, así, de sopetón, como si hubiera que corregir algo.

Dije al principio que tenía dos ejemplares de EL MUNDO a mi lado. Aquí están. El del 26 de enero de 2013 publica una carta al director mía, titulada "No soy demócrata". Una carta de un lector que mañana ya no lo será a un director que mañana tampoco lo será.

El ejemplar de hoy, 2 de febrero de 2014, lo guardaré porque ya forma parte de la historia del periodismo en España. Pero también por otra cosa. La memoria, muy a mi pesar, a veces es imperfecta y falla. El papel no miente. Verba volant, scriptia manent. Este es el referente, la vara de medir, el ejemplo. Es así como se hacen las cosas. Esto es un buen periódico, y nunca, jamás, aceptaré algo inferior. Este es el listón. Nunca un centímetro por debajo. Jamás un sucedáneo.

lunes, 28 de octubre de 2013

"Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible" (René Riesel y Jaime Semprun, 2011)

Lee este artículo en catalán en el blog Horitzons inesperats.


Jaime Semprun y René Riesel, Catastrofismo,administración del desastre y sumisión sostenible, Pepitas de calabaza, Logroño, 2011.

"Al acabar de arruinar todas las bases materiales, y no solamente materiales, en que se apoyaba, la sociedad industrial crea tales condiciones de inseguridad, de precariedad generalizada, que sólo un aumento de la organización, es decir, del sometimiento a la máquina social, puede hacer pasar este agregado de aterradoras incertidumbres por un mundo habitable".

La propaganda que se hace sobre la destrucción del planeta que se está produciendo en las últimas décadas sienta las bases de una nueva vuelta de tuerca en los mecanismos de dominación. La misma sociedad industrial que causa los destrozos difunde abundante información científica sobre ellos, a la vez que presenta sus nuevos mecanismos de regulación como un remedio que permita continuar con la espiral de producción y consumo de mercancías.

Esta es la tesis principal de este libro, que acabo de releer. Dicha tesis se desarrolla con un rigor y un espíritu crítico nada comunes en nuestro tiempo, en que la práctica totalidad del "debate" que se da en la sociedad del espectáculo es vacío y carente de interés.

El texto continúa probando que del ecologismo científico se ha adoptado la necesidad de regulación de la actividad económica, de la planificación de la explotación de los recursos y por extensión de todas las actividades sociales, para conseguir una supervivencia garantizada en un mundo lleno de amenazas. Esta tesis es abrazada con entusiasmo por amplios sectores de la "izquierda" más "comprometida", que se convierten en defensores a ultranza de la regulación estatal de la actividad económica capitalista.

Riesel y Semprun rechazan el marco de referencia de la sociedad espectacular-mercantil, con su fundamento en la producción industrial, como único modo de vida posible. Por ello someten a crítica tanto su versión desregulada, de destrucción suicida del planeta, como la apología de su versión regulada, que se propondría mantener estables dentro de la gravedad las constantes vitales de nuestra Tierra por medio de un sometimiento creciente de los individuos al control social por parte de un poder centralizado, el cual es difícil no sospechar que es en realidad un fin en sí mismo.

El de Riesel y Semprun es un texto de referencia al que volver una y otra vez, y un complemento necesario de "La sociedad del espectáculo" y "El planeta enfermo", de Guy Debord, así como de "Crédito a muerte", de Anselm Jappe.

La comparación con Jappe es interesante. Mientras éste se centra en analizar las contradicciones internas de la mercancía y el capitalismo, Riesel y Semprun prefieren hablar de lo que la sociedad industrial realmente hace, subrayando su absurdo, su fealdad y su carácter indeseable. Al hacerlo dejan en evidencia al discurso de la "sostenibilidad": sostener este desastre, dicen, es cualquier cosa menos deseable.

Jaime Semprun (fallecido en 2010) ya apuntaba tesis parecidas en "La nuclearización del mundo" (editado también por Pepitas de Calabaza), aunque ahí centrándose en el papel central que juega la energía nuclear dentro de la estrategia de fortalecimiento del poder.