lunes, 18 de marzo de 2013

Crecimiento y sostenibilidad, el debate real

Dos grandes factores limitan el crecimiento, impidiendo su prolongación indefinida: la tierra y el trabajo. Estos factores tienen un papel relevante ya hoy, e ignorarlos no contribuirá a nada más que a agravar la crisis estructural en la que se encuentra el mundo capitalista.

En el programa Europa abierta en Radio 5 de Radio Nacional de España-Radio 5 [1], el pasado Viernes día 15 de Marzo, el profesor y economista Ángel Martínez González-Tablas, presidente de la Fundación Fuhem, criticó las visiones simplistas de la actual crisis e incidió una vez más en que "el debate no es entre austeridad y crecimiento, sino entre crecimiento y sostenibilidad".

Martínez González-Tablas remarca también que la Unión Europea impone un límite al déficit y a la deuda totales, pero de ningún modo obliga en nada (mientras no haya rescate) a la estructura de los ingresos y los gastos. Es decir, añado a título de ejemplo: no obliga al gobierno español ni a las Comunidades Autónomas a recortar en hospitales o en el Disseny Hub Barcelona; en sueldos de profesores o en subvenciones a la Plataforma Pro Seleccions Catalanes. Tampoco obliga a establecer unos mecanismos de ingresos concretos ni a un tamaño específico del Estado. La UE sólo limita la deuda y el déficit, pero no dicta políticas.

La austeridad como medida para limitar el déficit y la deuda es una necesidad, y si se olvida para "apostar por el crecimiento" se está cometiendo un doble error: desatender una necesidad real y jugar nuestro futuro a la ruleta de un crecimiento cuya insostenibilidad habrá que asumir más pronto que tarde con todas las consecuencias.

Hoy mismo en el periódico El Mundo (18 de Marzo, Edición Cataluña, pág. 26), Diego Torres informa de que el nuevo primer ministro de China, Li Keqiang, establece como objetivo esencial de su mandato "mantener un crecimiento económico que consiga doblar el PIB en tan solo 10 años -de 2010 a 2020-. Para lograrlo, apostó por una 'reestructuración económica' que libere 'nuevos motores de crecimiento'. Entre otras medidas, citó la liberalización paulatina del sector servicios y de parte del sistema financiero". La multiplicación por 2 del PIB a la que aspira el nuevo primer ministro es un paso más hacia el colapso ecológico del planeta.

El profesor Martínez González-Tablas y Santiago Álvarez Cantalapiedra defienden en un artículo conjunto titulado Una lectura de la crisis desde perspectiva estructural, publicado en la Revista Papeles de la Fundación Fuhem, número 105, año 2009 [2], lo siguiente:
El sistema capitalista actual ha agotado las capacidades que históricamente ha desplegado, como consecuencia de sus contradicciones y de los serios límites ecológicos a los que se enfrenta. Hay en la crisis rasgos clásicos del funcionamiento del capitalismo, si bien se han dado algunos elementos más novedosos: el creciente dominio del neoliberalismo, la profundización de la mundialización y el giro hacia unas finanzas desbocadas y carentes de mecanismos de control. El objetivo básico e irrenunciable debe consistir en poner el subsistema financiero al servicio de la buena reproducción del sistema económico y colocar a este, a su vez, bajo la dirección y el control de una sociedad democráticamente constituida.
Los límites del crecimiento y la imposibilidad de un crecimiento indefinido han sido tratados ya en este blog. En el artículo sobre el libro "El absurdo mercado de los hombres sin cualidades" (Anselm Jappe, Robert Kurz, Claus Peter Ortlieb, 2009) (Mayo de 2012) citaba a Anselm Jappe:
La crítica del valor afirma que el capitalismo no está viviendo una fase de expansión triunfal ni constituye, en forma de democracia y economía de mercado, un estado final e insuperable de la humanidad. La revolución microelectrónica ha acelerado el agotamiento de la dinámica de acumulación del capital; agotamiento que era ya inherente a sus premisas, esto es, a la doble naturaleza del trabajo como trabajo concreto y trabajo abstracto. Sólo en recurso cada vez más masivo al "capital ficticio" de los mercados financieros ha impedido, durante los últimos decenios, que esta crisis de la economía real llegara a estallar. La crítica del valor es, como toda la teoría del valor de Marx, una teoría de la crisis; y no de una crisis cíclica de crecimiento, sino de una crisis final
En mi comentario sobre "Crédito a muerte" (Anselm Jappe, 2011) (Agosto de 2012) expuse:
Hablando en términos químicos, el capitalismo tiene un reactivo limitante en el trabajo, y no puede continuar sin éste; no porque así no se puedan producir mercancías, sino porque no se produce dinero para comprarlas. De ahí esa sensación de que tenemos tecnologías de sobra para producir mercancías que cada vez menos gente puede comprar. ¿Cómo se puede aspirar a vender cada vez más, si cada vez se necesita menos trabajo y por tanto se genera menos dinero? La globalización del mercado ha diferido el colapso, pero no lo evitará. No se puede mantener para siempre un crecimiento simultáneo en todos los estratos del mercado mundial.
Y en La ilusión falsa de la crisis (Enero de 2013) concluía:
La confianza en un repunte en el ciclo económico es la ilusión falsa de nuestra crisis. Cuando las curvas cambien de tendencia algunos indicadores mejorarán temporalmente, pero el modelo de crecimiento económico en la producción y consumo de mercancías está ya agotado, es inútil, no sirve ni para la España ni mucho menos para el mundo en el siglo XXI. Los parámetros de la segunda mitad del siglo XX ya no sirven; hay que seguir pensando.
Bastante antes, en mi blog en catalán Horitzons inesperats, publiqué un comentario sobre el seminal libro "Steady-State Economics" (Herman E. Daly, 1977) (Octubre de 2010). Es conocido como Daly demuestra la imposibilidad física del crecimiento económico sostenido en el tiempo, cuestionando asimismo su papel como objetivo político:
Una riqueza suficiente, eficientemente mantenida y asignada, y equitativamente distribuida, no una producción máxima; ése es el objetivo económico adecuado.
Daly, y con él toda la economía ecológica, identifican como "reactivo limitante" del crecimiento económico a la Tierra, mientras que el análisis de Jappe y Robert Kurz, en su teoría crítica del valor y del colapso de la modernización, añaden un segundo elemento: el trabajo. Ambos me parecen correctos, pero de entre ellos es el primero, la Tierra (todo nuestro medio ecológico) el que supone un límite más inmediato y urgente.

Dada la relevancia del tema, periódicamente volveré a él, aportando nuevas referencias y reflexiones.
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[1] El programa se puede escuchar en la sección "A la carta" de Radio 5, en la aplicación para Android "RNE en Directo". 

[2] El artículo completo se puede leer en la web de la Fundación Fuhem: http://www.fuhem.es/revistapapeles/index.aspx?numero=105 .

lunes, 4 de marzo de 2013

Independentismo (II): La independencia en el sujeto

Las letras, las naciones y las identidades colectivas no están muy en boga en el mundo de hoy. Los números, la economía y la ciencia sí. Pero ninguna ecuación, ningún cálculo pueden demostrar que el proyecto político independentista es "correcto". Éste tiene una base fundamentalmente identitaria, al igual que su oposición. Un discurso que ignore el factor de la identidad colectiva es inútil.

En el texto "Independentismo (I): Derechos y proyectos políticos" escribí: "En el centro del debate no debería ponerse un derecho teórico a hacer algo, sino precisamente ese algo: el proyecto político independentista como tal, con sus supuestas ventajas y sus inconvenientes." La frase pretendía distinguir entre la discusión nebulosa sobre derechos y el debate real de contenidos entre los proyectos independentistas y los que no lo son. Aun así, me sirve para ilustrar la que considero que es la principal diferencia entre ellos.

Por muchos argumentos que pueda aportar (el coste de una hipotética transición hacia la Cataluña independiente es enorme; el independentismo afecta ya en la actualidad a decisiones de inversión [1]; supondría un empobrecimiento cultural colectivo; nos separaría del resto de territorios de habla catalana; etc.), la principal razón por la cual no soy independentista es precisamente que discrepo del planteamiento según el cual hay que poner las ventajas y los inconvenientes de la secesión en una tabla, dar a cada uno un valor y finalmente sumar para ver de qué lado se inclina la balanza.

El independentismo usa un argumento (lo reproduzco tal y como lo he leído en varias ocasiones) que encuentro falaz: "Si demostramos el déficit fiscal de Cataluña" (dicen), "entonces las únicas razones que quedarán para oponerse a la independencia serán identitarias". El problema de este razonamiento es que el uso mismo del concepto de "balanza fiscal" (considerando inadmisible que ésta sea negativa) como termómetro para discernir si España "nos conviene o no", parte de una posición identitaria previa que es en sí misma el principio y el fin del independentismo. Obviar la importancia de ese sujeto elíptico ("nosotros, los catalanes") en el enunciado, pretendiendo darle un carácter meramente económico, nos llevaría a un planteamiento absurdo según el cuál cualquier territorio que tenga una "balanza fiscal" negativa, por ser más rico que la mayoría de sus vecinos, debería optar por la independencia. Esta elección previa del sujeto sobre el que se realizan los cálculos conlleva que un euro que se invierta fuera del territorio de Cataluña sea considerado como perdido; da igual si se ha invertido en Teruel ("ellos, los españoles") o se ha arrojado al mar. Empezando así, en un marco de referencia independentista, lo raro sería no llegar a una conclusión también favorable a la secesión.

En todos los países hay regiones que generan más y menos actividad económica, e inevitablemente los cálculos del destino que se da al gasto público arrojarán temporalmente ventajas para uno u otro territorio. En una Cataluña independiente también algún experto economista podría calcular que para Girona es un mal negocio pertenecer a Cataluña, y que estaría mejor siendo independiente.

La cuestión es si uno está dispuesto o no a asumir una nueva realidad colectiva como identidad nacional, en correspondencia con sus sentimientos y preferencias. El independentismo, dicho en otras palabras, es siempre un proyecto identitario.

Por supuesto, no hay nada que impida pensar así. Simplemente quien lo haga debe, a mi entender, asumir que está hablando desde un "nosotros" catalán previamente elegido, y calibrando la pertenencia o no a España como si se tratase de la OTAN o la Unión Europea, desde el puro interés "nacional" catalán. Si te estás planteando si te conviene económicamente estar en España o no es que ya, de hecho, en tu marco de acción política, no estás en España. La posición identitaria es previa, y quien la sostiene debe admitirla para que su razonamiento sea honesto, y no intentar camuflarla para que la independencia parezca la solución a una simple ecuación matemática: "Tanto entra, tanto sale, por lo tanto aislamos la x y nos da independencia".

Todos los que tenemos opinión sobre cuál es la colectividad, el territorio, el país de referencia al cual pertenecemos, hacemos una elección que determina nuestra posición sobre el independentismo. Si el "nosotros" es España, ningún argumento secesionista vale. Si el "nosotros" es Cataluña, con exclusión de cualquier identificación colectiva con España, ¿qué más dan ya los argumentos? Por muchos errores de cálculo que se cometan minusvalorando los extraordinarios costes de la transición al estado independiente, éste es el único proyecto coherente con el hecho de no considerarse español, de considerar que se entra y sale del país cuando se cruza la frontera autonómica.

Por eso mismo plantear un referéndum independentista es ya en sí mismo plantear un protecto político independentista, y la única oposición lógica que se puede dar a este proyecto pasa por decir no a dicho referéndum.

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[1] Dice Carlos Espinosa de los Monteros, Alto Comisionado de la Marca España, en declaraciones a la revista Actualidad Económica, número 2.729, Marzo 2013: "Algunas recomendaciones de gestores de fondos dicen que no se debe invertir con horizontes superiores a un año en Cataluña [...] Los inversores extranjeros están en una posición de wait and see y ya se sabe que, en un mundo en permanente movimiento, el que se para retrocede."

viernes, 1 de marzo de 2013

Independentismo (I): Derechos y proyectos políticos

En mi reciente texto No soy demócrata me refería críticamente a las declaraciones de los representantes de los partidos que apoyaron la "declaración de soberanía" aprobada por el Parlament de Catalunya en Enero. Todos ellos negaban que se tratase de la apertura de un proceso independentista (es decir, la evidencia), sosteniendo en su lugar que simplemente defendían la democracia. Un razonamiento que dejaba a los partidos que no iban con ellos fuera de ese concepto, como si sus escaños hubieran salido de un sorteo o caído del cielo en lugar de proceder de los votos de miles de ciudadanos catalanes.

Es fácil ver la motivación que hay detrás de estos juegos de palabras. El público que, pudiendo elegir entre varias opciones, prefiere la independencia de Cataluña es entre un 29% y un 34% del total, según las encuestas del Centre d'Estudis d'Opinió en 2012 [1]. Miles de catalanes se encuentran distantes o en total desacuerdo con el proyecto de separar a Cataluña del resto de España. Recubriendo ese proyecto de un manto demócrata, sus defensores pretenden aumentar su apoyo para conseguir que sea ampliamente mayoritario. La idea es montar una consulta sobre la independencia con el apoyo tanto de independentistas como de no independentistas. Siguiendo su lógica, para ser "demócratas" no sólo los catalanes deberíamos montar esa consulta, sino todas las demás autonomías: Murcia, Andalucía, Extremadura... si luego sale un 99% contrario a la independencia, no importa; se habrá "garantizado un derecho democrático básico", que se niega perversamente a los ciudadanos si se está en contra de celebrarla.

CiU y ERC, con el apoyo total de ICV-EUiA y parcial del PSC, plantean centrar esta legislatura y probablemente la siguiente en un debate sobre el llamado "derecho a decidir", en lugar de dejarse de rodeos y admitir que lo que hacen es precisamente lo que niegan. A la frase de Joan Herrera (ICV-EUiA), por ejemplo: "No hay un debate entre soberanistas y los que no lo son, sino entre quienes quieren que se reconozca un ejercicio democrático y los que no", para que sea verdadera hay que darle la vuelta. De lo que realmente se trata no es de "reconocer un derecho democrático", sino de un plan soberanista cubierto con cortinas de manifiestos teóricos, derechos y preguntas, como en aquellos libros de "elije tu propia aventura" que te vendían que la historia no estaba predefinida sino que la elegirías tú al leerla.

Este planteamiento me parece engañoso e inútil. Engañoso porque se juega con las cifras del apoyo a la hipotética consulta como si fueran autodeterministas, utilizándolas como un argumento más a favor de la autodeterminación, como piezas en un camino que tiene un destino muy definido: la independencia. E inútil porque en el centro del debate no debería ponerse un derecho teórico a hacer algo, sino precisamente ese algo: el proyecto político independentista como tal, con sus supuestas ventajas y sus inconvenientes.

En lugar de plantear una Cataluña independiente, fuera de la Unión Europea (sería una consecuencia automática) y en la que el Barcelona tendría como rivales más fuertes por el título de Liga a Espanyol, Girona y Sabadell, se ignora cualquier debate sobre los contenidos y se reduce a una simple cuestión de reconocimiento de derechos.

En la Historia se ha hablado de derechos en diferentes momentos, y de forma importante. El derecho a votar de la mujer, el derecho de una pareja homosexual a llevar su vida con normalidad, el derecho de un niño a ser educado aunque su familia se encuentre en situación de pobreza o sus padres sean fanáticos de alguna creencia que proscribe dicha educación. Son todos ellos derechos individuales que se traducen en posibilidades de acción inmediatas de las personas. La mujer votó, los homosexuales regularon su relación de pareja, el niño recibe efectivamente la educación.

Los proyectos políticos no es útil plantearlos sólo en términos de derechos. ¿Tiene Cataluña derecho a ser independiente? ¿Tiene La Rioja derecho a instaurar un régimen de comunismo, aboliendo la propiedad privada? ¿Tiene Galicia derecho a unirse a Portugal? ¿Tiene Inglaterra derecho a abolir la libra? ¿Tiene Estados Unidos derecho a instaurar un sistema universal de salud? Lo interesante aquí no es el derecho teórico, sino el proyecto político real que se defiende y las ventajas e inconvenientes que supondría el cambio de la situación actual a la defendida por dicho proyecto. Pero en el caso de la independencia de Cataluña se están invirtiendo los términos, cosa que a mi entender distrae y confunde a una parte de la ciudadanía. Dicha inversión de términos no es inocente, sino que como he dicho pretende conseguir mayorías que de otro modo serían mucho más complicadas.

Además, tras anunciar dicho "derecho" desde el independentismo, se exige al gobierno español que lo garantice, reformando la legislación y poniendo todos los instrumentos a disposición de quienes pretenden usarlo para hacer efectiva la independencia. Así se traslada la pesada carga de resolver las dificultades legales que entraña el proyecto precisamente a quienes no tienen ni el más mínimo interés en realizarlo.

El PSC se está perdiendo en medio de esta marisma. Esta semana ha dado apoyo en el Congreso a la negociación del gobierno estatal con el de Cataluña para la celebración de una consulta sobre la independencia. Dos partidos hasta ahora asociados y que comparten grupo parlamentario, PSOE y PSC, discrepan fuertemente sobre un "derecho", aunque al fin y al cabo el PSC insiste en que no quiere que se materialice la independencia.

Cuando alguien te invita a subir a tomar la última copa no te planteas si tienes derecho a subir, sino si quieres hacerlo. Pere Navarro duda ante el portal, convencido de que tiene derecho a subir pero aclarando que no va a tomar nada. Se lía, vacila, se explica mal, pero ahí está al final su apoyo al inicio de un proceso cuyo fin dice que no comparte. No ganará votos entre los independentistas, que ya tienen un buen surtido de opciones, pero está perdiendo buena parte de los suyos. Es libre de hacerlo, por supuesto; tiene derecho. Pero ¿es ésta la contribución que Cataluña necesita ahora de un partido no independentista? Creo que no.

Díganme si quieren la independencia o no, pero no me mareen más con debates sobre el derecho a quererla. Deseen lo que quieran, díganlo claramente y luego trabajen para ello. Ustedes. Sin mi colaboración. Sin mi voto.
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[1] A esas cifras habría que restar algunos puntos para que fueran más realistas, si tenemos en cuenta el enorme sesgo de las muestras que utiliza el Centre d'Estudis d'Opinió, que sobrerrepresenta exageradamente a los votantes de opciones nacionalistas.

Véase también: Consideraciones acerca del independentismo (II): La independencia en el sujeto.