miércoles, 29 de mayo de 2013

El lenguaje empobrecido de la política

Tras leer mis recientes artículos sobre el independentismo en Cataluña, un amigo me escribe: “Hay que mirar a la realidad de frente y dejar de jugar al escondite”. Añade que nuestros políticos tienen miedo a plantear lo que realmente hay en juego y que en lugar de eso prefieren seguir los consejos de sus expertos en marketing. Coincido con su valoración. Pienso que los políticos que gobiernan ésta nuestra comunidad se han acostumbrado a los juegos de palabras, a decir cosas para que queden bien y suenen sugerentes a un cierto número de personas. Al final se expresan con una vaporosidad tal que, en realidad, no están diciendo nada. ¿A qué huele el “dret a decidir”?¿y la “cohesió social”? ¿la “voluntat d’un poble”? ¿y el “procés de transició nacional”?

Este lenguaje adulterado y vacío no es inusual en el mundo de la política. Pero me parece especialmente pernicioso en un gobierno que tiene como objetivo cambiar algo tan relevante como el estatus político de Cataluña y la nacionalidad de sus ciudadanos. Un cambio así debería explicarse con claridad, sin eufemismos ni ambigüedades de ningún tipo.

Sigo con otro ejemplo. Leí hace poco un manifiesto impulsado por dos personajes mediáticos (Arcadi Oliveres y Teresa Forcades) que pretende montar una candidatura electoral al Parlamento de Cataluña alrededor de una propuesta de “proceso constituyente”. Para ello parte de diez “ideas base”, expresadas en un “manifiesto” y numeradas del 1 al 10. Me paré un momento en la número 6, que dice: “Dret al propi cos i no a la violència de gènere.” “Dret al propi cos” no quiere decir realmente nada, o al menos nada útil; pero ha sido elegida por buena parte de gente como eufemismo del aborto libre. Pero si se quiere el aborto libre, ¿por qué no se defiende el aborto libre? La expresión es mucho más comprensible, lingüísticamente preferible a un término tan falto de contexto y concreción como el “derecho al propio cuerpo”.

Parece que los convencidos de la “independencia” han preferido usar el “derecho a decidir”, igual que los convencidos del aborto el “derecho al propio cuerpo”, por las mismas razones fundamentales: una, que son términos más suaves (no puede ser de otro modo cuando en el significante se omite la práctica totalidad del significado); y dos, que incorporan una apelación al “derecho”. En efecto, el “dret al propi cos” forma, con el “dret de decidir”, el “dret a l’habitatge”, el “dret a un treball digne” y quizá alguno más, la colección de derechos del buen “progresista”. Al incorporarlos a un discurso político ya parece que no se están contraponiendo proyectos, sino ofreciendo derechos a un ciudadano ávido de acumular el mayor número posible de ellos.

En el marco de un capitalismo en crisis la izquierda se ha vuelto “derechista”, y su programa se basa en la nostalgia de cuando la casa era grande y podía pagar: alquileres a “los jóvenes”, becas a estudiantes universitarios, cheques mensuales a padres, y así.

El discurso “derechista” llama a la defensa de “lo público” y por ende de la factura que hay que pagar para sostenerlo. Y “lo público” no es son sólo la sanidad y la educación, sino también los canales de televisión autonómica (cuatro en Cataluña: TV3, 33/Super 3, 3/24 y Esport 3) y las subvenciones al teatro y al doblaje de películas. Esto es “lo público”, y reducirlo es ceder a las “perversas” ideas de Angela Merkel y la Unión Europea. Algunos incluso se creen de verdad que fuera del euro viviríamos mejor, no por alguna consideración geopolítica o de soberanía nacional (muchos de quienes lo dicen no se ponen de acuerdo ni en de qué nación estamos hablando) sino sencillamente porque sin nadie que nos impusiera límites al déficit nos podríamos endeudar más.

¿Quién puede decir que no a un derecho más? Sólo un sector de la población que toma consciencia de lo que está costando pagarlos todos. Y el “derecho a decidir”, la última pieza de la colección, también se paga: la factura de la independencia sería inmensa, los costes de transición serían elevadísimos. Pero parece que hablar de eso “ahora no toca”.

Cada generación da un paso más en el empobrecimiento del lenguaje. Lo da con entusiasmo, convencida de que basta ser espectador no hace falta más que una capacidad de expresión muy básica. Se dimite del verbo, el matiz y a la complejidad y se dejan los botones de “me gusta” y “compartir". Los nuevos aparatos incorporan pantallas brillantes y de alta definición y una buena  cámara, para que todo se vea perfecto, aunque escribir dos párrafos seguidos cueste trabajo. Para tuitear #wertgonya o #nolesvotes no hace falta un gran teclado. Lo complicado sobra, quizá porque la verdad podría romper el hechizo.

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